Ep.1 MICROBIOTA Y OBESIDAD, entrevista con África Villarroel

En el primer episodio de nuestra sección de divulgación, Media Hora con Tu MICROBIOTA, entrevistamos a la Dra. África Villarroel para descubrir más sobre la relación entre microbiota y obesidad.

La Dra. Villarroel es médico especialista en Endocrinología y Nutrición. Se formó en el Hospital de La Paz de Madrid y trabajó en distintos centros hospitalarios de la capital de España. En uno de ellos, estuvo al frente de la Unidad de Endocrinología y Nutrición.

Ahora está volcada en la divulgación científica y en la consulta online a sus pacientes. Es una de las autoras que colabora con el #NBlog y tiene su propio espacio web, «Cómo entender a tu endocrino». Recientemente, ha lanzado el proyecto Slow Medicine Revolution, junto con las Dras. Sari Arponen y Susan Judas.

¿Qué vas a encontrar?

>> En un momento como el que estamos viviendo, en el que la salud está en un espacio central, ¿ha ganado más importancia la divulgación? (Minuto 3:56)

Sí, esa es la percepción. Los pacientes empoderados, que buscan información, siempre han seguido a los profesionales que, además de ver pacientes, nos dedicamos a divulgar, pero en este momento concreto, en el que la salud tiene más importancia que nunca, la gente se informa y es bueno tener canales o lugares donde informarse de forma adecuada, siempre basándonos en la evidencia científica.

>> La microbiota es, para muchos, todavía una gran desconocida. Hoy queremos centrarnos en la obesidad. En uno de tus artículos del blog, trazas una diferencia entre dos términos: nutrirse y alimentarse. ¿Por qué no es lo mismo? ¿Qué diferencias hay en nuestro organismo cuando hacemos una y otra cosa? (Minuto 4:50)

Aunque lo parezca, sí, no es lo mismo. La alimentación es un acto voluntario, a través del que conseguimos, elegimos y preparamos los alimentos que tenemos que consumir con el fin de satisfacer el hambre o, como digo en el artículo al que haces referencia, más bien las ganas de comer, porque en nuestra época, afortunadamente, no se pasa hambre. Es, por tanto, un proceso consciente y educable.

Sin embargo, nutrirse es un proceso fisiológico, involuntario e inconsciente que nuestro organismo realiza mediante la digestión de los alimentos, con los que nos hemos alimentado previamente. A esto se suma la absorción de nutrientes para poder capturarlos, asimilarlos y así mantenernos con vida. Por eso, si nos alimentamos de una manera inadecuada o desequilibrada podemos estar malnutridos, en el sentido de que no estamos aportando al organismo los ingredientes esenciales que nos ayudan a que la salud sea óptima.

Esto es independiente del peso que tengamos. Estar malnutrido no es sinónimo de estar desnutrido. En la malnutrición, existe una deficiencia o un exceso o un desbalance en la ingesta de uno o varios nutrientes que el cuerpo necesita: vitaminas, minerales, oligoelementos… En la desnutrición, hay una insuficiente ingesta de calorías o proteínas que necesitamos.

¿Qué ocurre cuando nos alimentamos mal? Pues que puede haber desequilibrios en los nutrientes que necesitamos, lo que puede conllevar a deficiencias, patologías… Por eso es importante aprender a identificar estas cuestiones y aprender a alimentarse bien y de forma consciente.

>> Quizá a veces no le demos importancia a decidir qué comemos, con lo importante que es. (Minuto 7:32)

Claro. No olvidemos que somos lo que comemos o, como dice siempre la Dra. Sari Arponen, somos lo que la microbiota hace con lo que comemos. Entonces, es muy importante elegir los alimentos que nos nutran adecuadamente y esto se enseña desde la infancia. Es un trabajo de padres, educadores… para que desde pequeños empecemos a elegir correctamente los alimentos que más nos convienen y que mejor nos nutren.

>> Hablando de alimentación, sabemos que a veces su mala gestión, junto con otros factores, pueden desencadenar una obesidad o sobrepeso, que tiene un impacto en la salud. ¿Cuáles son esos impactos que más deberían preocuparnos? ¿Qué consecuencias tiene la obesidad para nuestra salud? (Minuto 9:01)

Esto no siempre es responsabilidad del paciente. Hay cosas que sí puede hacer por mejorar y hay otras que no se pueden cambiar. Así que, en consulta tenemos que intentar cambiar aquellas que sí están en nuestra mano.

De esta manera, tal y como decía, la obesidad es la parte visible de un problema más profundo y que aparece después de un tiempo de mantener estas alteraciones de base. La consecuencia más conocida de su aparición es el riesgo de las enfermedades cardiovasculares. Todo el mundo es consciente de que cuando hay obesidad hay mayor riesgo de hipertensión, cardiopatía isquémica, arteroesclerosis…

La diabetes es otro de los problemas más conocidos. El tener la glucosa alta en sangre es consecuencia de esa obesidad, pero hay muchos más problemas que pueden estar derivados de la obesidad: problemas articulares, artrosis, apnea del sueño, problemas dermatológicos como el acné, que se relaciona con la resistencia insulina de base; alteraciones en la fertilidad, amenorrea o ausencia de regla, afectación del estado de ánimo… 

En este último caso, puede ser un círculo vicioso. Cuando una persona se encuentra mal, a veces su alimentación no es la más correcta porque no le apetece o no tiene ganas y a medida que va ganando peso puede afectar a su estado anímico. Es un poco la pescadilla que se muerde la cola.

También puede haber problemas de movilidad. Cuando una persona tiene un peso importante, le puede costar levantarse o sentarse. Incluso, algunos tipos de cánceres también pueden estar relacionados con la obesidad. Es decir, que no es ni mucho menos una cuestión meramente estética. Va mucho más allá.

>> Es más, la obesidad, uniendo lo que estamos hablando con la situación actual, es un gran factor de riesgo ante una infección por coronavirus (Minuto 12:26)

Sí, efectivamente, en estos momentos de pandemia dos de los factores de riesgo más importantes a la hora de las complicaciones son la obesidad o el sobrepeso y la diabetes. Un porcentaje muy importante de pacientes acabará desarrollando complicaciones importantes, incluso teniendo que ingresar en UCI.

Muchas veces, cuando se habla de pacientes que han ingresado en la UCI y con patologías previas, hay un sobrepeso de base. Incluso sin sobrepeso, solamente con alguna alteración metabólica aunque no tengamos una obesidad específica.

>> Precisamente, en uno de los artículos de tu blog, «Cómo entender a tu endocrino», hablas del concepto de obesidad metabólica, que se resume, de manera muy sencilla, en que no siempre estar delgado es sinónimo de estar sano. ¿Qué significa este concepto? (Minuto 13:39)

Es un tema un poco complejo. Constantemente, se nos envía el mensaje de que estar delgado es más sano. Nos hablan de peso saludable, se equipara un índice de masa corporal bajo se asocia a un menor riesgo de sufrir enfermedades. Esto tiene parte de razón, pero no es del todo cierto, puesto que estar delgado no indica necesariamente que se está más sano.

Todos tenemos un tejido adiposo, un tejido graso. En realidad, tenemos varios y de varios colores. Los tejidos pardo y beige están implicados en la termogénesis, que es la formación de calor a partir de la grasa. El rosa se encuentra en la mama de las madres lactantes durante la lactancia y su función es la producción y secreción láctea. El blanco, que es el que tenemos en mayor cantidad, es el que se altera y aumenta en caso de obesidad metabólica, y es al que me referiré a partir de ahora.

Este tejido adiposo, además de servirnos para almacenar grasa y liberar energía cuando nos hace falta, es un órgano endocrino mucho más complejo de lo que puede parecer a priori y tiene funciones reguladoras del metabolismo. Además, es capaz de informar al sistema nervioso central de la cantidad de calorías que se están almacenando para que sepa si son suficientes o si hace falta ampliar las reservas.

A lo largo de la vida, este tejido se va modificando. Al nacer, tenemos muy poquita cantidad de grasa, más o menos un 12% de grasa corporal. A medida que crecemos, ese porcentaje aumenta y puede variar desde un 8 o 10% mínimo a un 30 o 40%, aproximadamente, dependiendo de nuestra genética, de si somos hombres o mujeres o, sobre todo, de nuestros hábitos.

Se localiza también en distintas partes del cuerpo, en función del género: es diferente en mujeres, donde predomina en la zona de las caderas, y en el hombre hay una mayor tendencia a que se deposite en el abdomen y visceral.

Este tejido está formado por unas células llamadas adipocitos, células que acumulan grasa, encargadas de acumular ácidos grasos procedentes de lo que comemos, y permiten liberar energía cuando lo necesitamos. Por ejemplo, cuando hacemos ejercicio, cuando estaos en ayunas, cuando tenemos estrés… En esos casos, hay un aviso endocrino que le dice al tejido adiposo que se necesita soltar grasa para poder utilizarla de la manera más conveniente.

Además, secreta ciertas sustancias que regulan el metabolismo y que llamamos adipocinas. Hay varios tipos y pueden influir en la respuesta de las células a la insulina, por ejemplo, y tienen funciones que están reguladas por multitud de hormonas y sustancias.

Probióticos adomelle obesidad microbiota sibo

Es un tema un poco complejo. Constantemente, se nos envía el mensaje de que estar delgado es más sano. Nos hablan de peso saludable, se equipara un índice de masa corporal bajo se asocia a un menor riesgo de sufrir enfermedades. Esto tiene parte de razón, pero no es del todo cierto, puesto que estar delgado no indica necesariamente que se está más sano.

Todos tenemos un tejido adiposo, un tejido graso. En realidad, tenemos varios y de varios colores. Los tejidos pardo y beige están implicados en la termogénesis, que es la formación de calor a partir de la grasa. El rosa se encuentra en la mama de las madres lactantes durante la lactancia y su función es la producción y secreción láctea. El blanco, que es el que tenemos en mayor cantidad, es el que se altera y aumenta en caso de obesidad metabólica, y es al que me referiré a partir de ahora.

Este tejido adiposo, además de servirnos para almacenar grasa y liberar energía cuando nos hace falta, es un órgano endocrino mucho más complejo de lo que puede parecer a priori y tiene funciones reguladoras del metabolismo. Además, es capaz de informar al sistema nervioso central de la cantidad de calorías que se están almacenando para que sepa si son suficientes o si hace falta ampliar las reservas.

A lo largo de la vida, este tejido se va modificando. Al nacer, tenemos muy poquita cantidad de grasa, más o menos un 12% de grasa corporal. A medida que crecemos, ese porcentaje aumenta y puede variar desde un 8 o 10% mínimo a un 30 o 40%, aproximadamente, dependiendo de nuestra genética, de si somos hombres o mujeres o, sobre todo, de nuestros hábitos.

Se localiza también en distintas partes del cuerpo, en función del género: es diferente en mujeres, donde predomina en la zona de las caderas, y en el hombre hay una mayor tendencia a que se deposite en el abdomen y visceral.

Este tejido está formado por unas células llamadas adipocitos, células que acumulan grasa, encargadas de acumular ácidos grasos procedentes de lo que comemos, y permiten liberar energía cuando lo necesitamos. Por ejemplo, cuando hacemos ejercicio, cuando estaos en ayunas, cuando tenemos estrés… En esos casos, hay un aviso endocrino que le dice al tejido adiposo que se necesita soltar grasa para poder utilizarla de la manera más conveniente.

Además, secreta ciertas sustancias que regulan el metabolismo y que llamamos adipocinas. Hay varios tipos y pueden influir en la respuesta de las células a la insulina, por ejemplo, y tienen funciones que están reguladas por multitud de hormonas y sustancias.

¿Qué ocurre si nos alimentamos de forma incorrecta? Pues que los adipocitos empiezan a aumentar de tamaño para conseguir almacenar más grasa. Llega un momento en que no pueden hacerse más grandes, así que aumentan su número, empiezan a proliferar. Si en una fase inicial, cuando no han llegado a proliferar los adipocitos, corregimos los hábitos de alimentación, todavía tenemos remedio. Pueden volver a disminuir y volver a la situación inicial. Pero pasado un tiempo, cuando el tejido adiposo ya proliferó mucho en número y en tamaño, ya no hay vuelta atrás. Su tamaño podrá disminuir, pero no el número de adipocitos.

Este no es el único problema. Cuando el tejido adiposo acumula más grasa de la que debe, algunos adipocitos mueren y otros pueden empezar a secretar gran cantidad de adipocinas, que son proinflamatorias. Todo esto, atrae a unas células del sistema inmune, los macrófagos, que están encargados de «comerse» todo el material extraño que detectan en el organismo. Y así se favorece un ambiente inflamatorio y que un adipocito esté enfermo y que nos enferme a nosotros.

Es decir, que el tejido graso no es solo un «almacén de grasa» y en función de cómo lo tratemos podrá funcionar mejor o peor. Y esto pasa deriva en la aparición de patologías.

>> ¿Y esto todo ocurre independientemente del peso de la persona? (Minuto 20:13)

Sí. Puede ser que una persona tenga un peso normal, pero que su tejido graso esté enfermo. En personas delgadas que tiene afectado este tejido graso enfermo es lo que conocemos como obesidad metabólica.

>> Y una de esas cosas que es fundamental cuidar es la microbiota. ¿Qué papel tiene la microbiota en la obesidad? ¿Existe alguna disbiosis específica en estos pacientes? (Minuto 21:55)

La microbiota influye en todo. Los millones de microorganismos que nos habitan cumplen un montón de funciones en nuestro organismo. Ya sabemos que regulan el sistema inmune, que pueden tener una función de barrera defensiva, modular el crecimiento… Y también tienen un papel muy importante en la nutrición: participan en el metabolismo de algunos nutrientes, como la lactosa, grasas o proteínas; facilitan también la digestión y la absorción, sintetizan vitaminas esenciales, aumentan la disponibilidad de ciertos minerales…

Sabemos que las personas con obesidad tienen una microbiota diferente y alterada, una disbiosis propia y que influyen en la obesidad metabólica de la que hablábamos. Esta disbiosis se caracteriza en un aumento de una familia de bacterias, Firmicutes, y la reducción de los Bacteroidetes. Las primeras son bacterias más patógenas y las segundas son más beneficiosas.

Estas alteraciones se han ganado que nos refiramos a veces a una microbiota obesa, porque es muy característica de estas personas.

Además, hay algún estudio reciente que apunta a que las personas que sufren obesidad tienen mayor riesgo de SIBO (Sobrecrecimiento Bacteriano en Intestino Delgado). Concretamente, se calcula que el riesgo de padecerlo es aproximadamente dos veces mayor en personas con obesidad en los países asiáticos. En nuestro medio, en los países occidentales, el riesgo es hasta tres veces mayor, lo que nos puede traer problemas en ese sentido.

Y por último, pero no menos importante, también hay estudios que demuestran que algunos cambios en la composición de la microbiota se asocian a la pérdida de peso. Así que, todas las intervenciones enfocadas a mejorar y mantener una microbiota saludable, a cuidar nuestros «bichillos», podrían ayudar a mejorar el estado metabólico y tratar de formar parte del tratamiento de la obesidad, con una estrategia terapéutica más, además de la alimentación, el ejercicio…

>> Y una de esas cosas que es fundamental cuidar es la microbiota. ¿Qué papel tiene la microbiota en la obesidad? ¿Existe alguna disbiosis específica en estos pacientes? (Minuto 25:09)

Sí, es bastante frecuente que las dietas u otros tratamientos que se utilizan para la obesidad fracasen. En esto pueden influir bastantes factores. Uno de los más importantes es lo que implica la propia palabra «dieta». Hacer dieta implica sufrimiento, aburrimiento y tenemos en mente que eso implica un cambio transitorio.

Cuando una persona empieza una dieta, asume que va a ser por un tiempo limitado, más o menos corto, y después retomará sus hábitos anteriores, y entonces fracasa. Volver a la vida que te hizo enfermar implica una vuelta al problema. Si quieres resultados diferentes tienes que hacer cosas diferentes. Si no, volverás al punto de partida. Además, cuando una persona hace dieta varias veces a lo largo de su vida cada vez es más difícil, porque el cuerpo se acostumbra. Se da un efecto yoyó.

Por eso es muy importante transmitir desde las consultas y las plataformas de divulgación a todos los pacientes que no se trata de hacer dieta para un rato, se trata de cambiar los hábitos de forma permanente, de vivir de otra forma y que este cambio de hábitos nos servirá para estar más sanos. No se trata solamente de perder peso, hay que corregir también otros factores.

Otro tema por el que se puede fracasar es que vivimos en un ambiente obesogénico. Es un ambiente que fomenta la obesidad. La publicidad nos bombardea, porque por un lado nos dicen que tenemos que estar guapos y sanos pero, por otro lado, la publicidad nos pone constantemente anuncios que son muy poco saludables, muy poco nutritivos.

Por otro lado, si tenemos hambre, nos levantamos y cogemos algo de la nevera. No necesitamos hacer un esfuerzo para conseguir alimentos, no como nuestros ancestros, que tenían que hacer una actividad física para poder comer y eso favorece que el metabolismo funcione mejor.

Todas estas cosas hacen necesario que abordemos la obesidad con una estrategia 360, un tratamiento integral, multidisciplinar, incidiendo no solo en la alimentación y en el deporte, sino también en los hábitos de sueño, el estrés, el hambre emocional… Por eso es fundamental contar también con especialistas a nivel psicológico. Y ya hemos hablado de la microbiota.

>> ¿Qué papel pueden tener los probióticos en esta estrategia 360? (Minuto 31:12)

Pues uno muy importante. Se han realizado muchos estudios en los últimos años y con resultados bastante prometedores. Uno muy reciente se ha hecho en humanos, utilizando el probiótico de Bromatech Adomelle, con Bifidobacterium breve B3. Ya sabíamos que esta bacteria es capaz de reducir el peso y la grasa corporal y mejorar el perfil metabólico en modelos de ratón obeso, pero claro, había que comprobarlo en humanos, porque nosotros no somos ratones.

Y sí que se ha visto en otros estudios diferentes que en personas con tendencia a la obesidad la suplementación con este probiótico redujo la masa grasa y mejoró el perfil inflamatorio. Más recientemente, en el estudio de los Drs. Lorenzo y Ruiz-Tovar al que hacía referencia antes, se seleccionaron 20 pacientes con una edad media de 45 años con obesidad, definida por un IMC superior a 30 y que habían fracasado con otros tratamientos.

En su caso, además de hacerles seguir una dieta hipocalórica y pautarles actividad física diaria, recibieron sesiones de neuroestimulación del dermatoma T6 y a la mitad de ellos se les administró Adomelle durante 10 semanas.

Antes de comenzar el estudio se recogieron muestras fecales para evaluar la microbiota. Estas muestras mostraron una disbiosis en todos los pacientes, la misma de la que hemos hablando antes. Tras realizar el estudio, en el grupo que tomó Adomelle, no solamente se demostró una mejora de la disbiosis, sino que también consiguieron una mayor pérdida de peso, alrededor de un 20% adicional con respecto al grupo sin probióticos.

También tuvieron mejores niveles de hemoglobina glicosilada, lo que indica una reducción en los niveles de glucosa, y se vio un descenso significativo en los niveles de triglicéridos.

>> ¿Qué tres consejos que le darías a una persona para cuidar su microbiota (Minuto 37:50)

El primero es no hacer dieta, evitar esa restricción y esa sensación de sufrimiento. Sustituir eso por una alimentación habitual saludable, dirigida a mantener un estado de salud óptimo.

El segundo consejo sería cuidar la mente y el cuerpo, realizando actividad física regular. No se trata de correr maratones ni de ir al gimnasio todos los días. Se trata de moverse todo el rato siempre que se pueda. Además, es fundamental gestionar bien el estrés, descansar bien, exponerse al sol y a la naturaleza y tener relaciones sociales.

El tercer consejo es que, en caso de que haya una disbiosis severa, nos apoyemos en la Microbioterapia, en probióticos específicos que ayuden a resolver el problema concreto que se tenga. Para esto es muy importante contar con un profesional de la salud que lo paute.

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